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jueves, 30 de julio de 2009
qué sigue de las elecciones
Las recientes elecciones en México dejaron al descubierto una serie de descontentos y demandas de la población hacia su clase política que deben verse reflejados en el debate público y en el trabajo de las nuevas administraciones.
Uno de los temas que marcaron en mayor medida el proceso electoral fue el de la anulación del voto, instancia a la que sus promotores conminaban a llegar en vista de la escasa representatividad que los partidos políticos significan para los ciudadanos. Si los ciudadanos no se sienten representados por los partidos políticos, pero son la población en la que recaen los efectos de las políticas públicas y de las decisiones que se toman desde los distintos órdenes de gobierno, es necesario que la reflexión y las manifestaciones de descontento traspasen el campo de lo meramente electoral y se traduzcan en mecanismos de presión para lograr que el sistema de gobierno del país consiga hacer sentir a los ciudadanos sus actores principales.
El camino debe recorrerse desde varias vías, tanto las instituciones deben ser más aptas para gozar de representatividad y legitimidad, como los ciudadanos deben ir tomando una actitud más activa en la conformación de la vida pública de su país.
Varias fueron las demandas que se realizaron en la carrera electoral para dar a la ciudadanía una participación más activa, a las cuales habrá que dar seguimiento para ver si es que efectivamente todo el entorno marcado por la campaña de la anulación del voto tiene repercusiones en la estructura del sistema de gobierno y del sistema electoral, lo que contravendría las acusaciones de inutilidad a las que fue sometido.
Muchos de estos temas podrían entrar a discusión en una posible nueva iniciativa de reforma electoral. Respecto a estos temas, una encuesta del periódico Reforma revela que el 79 por ciento de los consultados opina que se deberían reducir los recursos que se entregan a los partidos políticos. El 68% señala que se debería reducir el número de diputados de representación proporcional. Por su parte, el 58% se manifiesta a favor de permitir las candidaturas independientes y ciudadanas.
Uno de los temas de los que más se ha hablado con respecto a modificaciones del sistema de gobierno es el de la reelección de legisladores, sin embargo este punto cuenta con el rechazo del 67% de los encuestados. Sobre la publicidad de los partidos políticos en los medios de comunicación las opiniones están divididas: 49% opina que los partidos y sus candidatos deberían poder anunciarse libremente en los medios, mientras que 48% opina que eso no ayudaría a mejorar la situación de nuestro sistema político.
Estos y otros puntos como la discusión en torno a las figuras del referéndum, del plebiscito y de la iniciativa ciudadana deben ser seguidos de cerca en los próximos meses en el debate público en nuestro país para ver si es que nos dirigimos a transformaciones en nuestro sistema político que logren que la población se sienta más representada dentro de las estructuras de gobierno.
Uno de los temas que marcaron en mayor medida el proceso electoral fue el de la anulación del voto, instancia a la que sus promotores conminaban a llegar en vista de la escasa representatividad que los partidos políticos significan para los ciudadanos. Si los ciudadanos no se sienten representados por los partidos políticos, pero son la población en la que recaen los efectos de las políticas públicas y de las decisiones que se toman desde los distintos órdenes de gobierno, es necesario que la reflexión y las manifestaciones de descontento traspasen el campo de lo meramente electoral y se traduzcan en mecanismos de presión para lograr que el sistema de gobierno del país consiga hacer sentir a los ciudadanos sus actores principales.
El camino debe recorrerse desde varias vías, tanto las instituciones deben ser más aptas para gozar de representatividad y legitimidad, como los ciudadanos deben ir tomando una actitud más activa en la conformación de la vida pública de su país.
Varias fueron las demandas que se realizaron en la carrera electoral para dar a la ciudadanía una participación más activa, a las cuales habrá que dar seguimiento para ver si es que efectivamente todo el entorno marcado por la campaña de la anulación del voto tiene repercusiones en la estructura del sistema de gobierno y del sistema electoral, lo que contravendría las acusaciones de inutilidad a las que fue sometido.
Muchos de estos temas podrían entrar a discusión en una posible nueva iniciativa de reforma electoral. Respecto a estos temas, una encuesta del periódico Reforma revela que el 79 por ciento de los consultados opina que se deberían reducir los recursos que se entregan a los partidos políticos. El 68% señala que se debería reducir el número de diputados de representación proporcional. Por su parte, el 58% se manifiesta a favor de permitir las candidaturas independientes y ciudadanas.
Uno de los temas de los que más se ha hablado con respecto a modificaciones del sistema de gobierno es el de la reelección de legisladores, sin embargo este punto cuenta con el rechazo del 67% de los encuestados. Sobre la publicidad de los partidos políticos en los medios de comunicación las opiniones están divididas: 49% opina que los partidos y sus candidatos deberían poder anunciarse libremente en los medios, mientras que 48% opina que eso no ayudaría a mejorar la situación de nuestro sistema político.
Estos y otros puntos como la discusión en torno a las figuras del referéndum, del plebiscito y de la iniciativa ciudadana deben ser seguidos de cerca en los próximos meses en el debate público en nuestro país para ver si es que nos dirigimos a transformaciones en nuestro sistema político que logren que la población se sienta más representada dentro de las estructuras de gobierno.
lunes, 29 de junio de 2009
Cuenta regresiva
A una semana de las elecciones, las campañas electorales están llegando a su fin y al reflexionar sobre los contenidos de las mismas, nos damos cuenta de que una vez más los pleitos, las acusaciones y las descalificaciones entre partidos ocuparon el lugar central, muy por encima de las propuestas.
En un entorno caracterizado por un preocupante escenario económico, con numerosos puestos de trabajo perdiéndose y con una población vulnerable en serio riesgo de caer en condiciones aún más alarmantes de pobreza, los candidatos y partidos políticos han dejado ver que no consideran que abordar la manera de enfrentar estos temas sea una prioridad en las campañas. En cambio, vemos que piensan que la mejor manera de ganar votos es descalificando y resaltando los errores cometidos por sus contrincantes.
Dentro de todo el debate acerca de la utilidad de la anulación del voto, algunos de los que han censurado esta posibilidad han argumentado que la población tiene el deber de evaluar a los candidatos y sus propuestas y optar por el que le parezca la mejor opción o, en el peor de los casos, por el que le parezca el menos malo. Lo preocupante aquí y lo que inquieta cuando nos cuestionamos si es suficiente este argumento para votar por alguna de las opciones, es que la misma campaña de los partidos políticos parece expresar que efectivamente se trata de una contienda para elegir a la opción menos mala de todas.
El que los partidos se concentren en resaltar las debilidades de sus competidores en lugar de en demostrar con propuestas que tienen buenas ideas para gobernar, revela que hemos aterrizado en una normalidad en la que nuestros procesos electorales se desarrollan bajo la presuposición de que se trata de una carrera en la que ganará aquel que consiga desacreditar con mayor éxito, esto quiere decir que ganará aquel que consiga convencer al mayor número de personas posible de que es el menos malo de todos los candidatos.
Por lo que podemos ver en las plataformas de los partidos, cada uno tiene una serie de ideas y propuestas sobre el tipo de acciones que deben impulsarse desde los cargos públicos. Podríamos preguntarnos: ¿qué revela el que estas propuestas no aparezcan en los principales mecanismos de campaña electoral, como son los spots de radio y televisión? La respuesta puede ser o que las propuestas que aparecen en las plataformas no son realmente representativas de los candidatos, o que los partidos políticos consideran que la forma más efectiva de ganar una elección no es intentando ganarse a la gente a través de propuestas, sino a través del realce de las deficiencias de los otros.
Si la respuesta es la segunda, me parece que estamos sumergidos en una manera perniciosa de hacer política, que debe ser superada. Habiendo considerado esto me parece que la pregunta adquiere todavía más relevancia: ¿Es deber de los ciudadanos votar por el menos peor de los candidatos o hacerlo así es alimentar esta manera de hacer política? La respuesta está en cada persona. Cada una tiene una manera diferente de enfrentarse a las propuestas y los candidatos que están en contienda.
El deber de cada una es tomar una decisión, pero hacerlo con la conciencia de que lo hace informadamente.
En un entorno caracterizado por un preocupante escenario económico, con numerosos puestos de trabajo perdiéndose y con una población vulnerable en serio riesgo de caer en condiciones aún más alarmantes de pobreza, los candidatos y partidos políticos han dejado ver que no consideran que abordar la manera de enfrentar estos temas sea una prioridad en las campañas. En cambio, vemos que piensan que la mejor manera de ganar votos es descalificando y resaltando los errores cometidos por sus contrincantes.
Dentro de todo el debate acerca de la utilidad de la anulación del voto, algunos de los que han censurado esta posibilidad han argumentado que la población tiene el deber de evaluar a los candidatos y sus propuestas y optar por el que le parezca la mejor opción o, en el peor de los casos, por el que le parezca el menos malo. Lo preocupante aquí y lo que inquieta cuando nos cuestionamos si es suficiente este argumento para votar por alguna de las opciones, es que la misma campaña de los partidos políticos parece expresar que efectivamente se trata de una contienda para elegir a la opción menos mala de todas.
El que los partidos se concentren en resaltar las debilidades de sus competidores en lugar de en demostrar con propuestas que tienen buenas ideas para gobernar, revela que hemos aterrizado en una normalidad en la que nuestros procesos electorales se desarrollan bajo la presuposición de que se trata de una carrera en la que ganará aquel que consiga desacreditar con mayor éxito, esto quiere decir que ganará aquel que consiga convencer al mayor número de personas posible de que es el menos malo de todos los candidatos.
Por lo que podemos ver en las plataformas de los partidos, cada uno tiene una serie de ideas y propuestas sobre el tipo de acciones que deben impulsarse desde los cargos públicos. Podríamos preguntarnos: ¿qué revela el que estas propuestas no aparezcan en los principales mecanismos de campaña electoral, como son los spots de radio y televisión? La respuesta puede ser o que las propuestas que aparecen en las plataformas no son realmente representativas de los candidatos, o que los partidos políticos consideran que la forma más efectiva de ganar una elección no es intentando ganarse a la gente a través de propuestas, sino a través del realce de las deficiencias de los otros.
Si la respuesta es la segunda, me parece que estamos sumergidos en una manera perniciosa de hacer política, que debe ser superada. Habiendo considerado esto me parece que la pregunta adquiere todavía más relevancia: ¿Es deber de los ciudadanos votar por el menos peor de los candidatos o hacerlo así es alimentar esta manera de hacer política? La respuesta está en cada persona. Cada una tiene una manera diferente de enfrentarse a las propuestas y los candidatos que están en contienda.
El deber de cada una es tomar una decisión, pero hacerlo con la conciencia de que lo hace informadamente.
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lunes, 22 de junio de 2009
La democracia del silencio

“La democracia no es el silencio, es la claridad con que se exponen los problemas y la existencia de medios para resolverlos.”
Enrique Múgica Herzog (1932-?) Político español
Me encontraba hace unos momentos haciendo un experimento cibernético en donde inicié una búsqueda con el título “anular voto” y me encontré horrorizado una saturación de información al respecto con tan solo 800,000 sitos de internet hablando de las maravillas de anular nuestro voto en las próximas elecciones. La mayoría de estas, insertadas por los medios de comunicación que predominan en nuestro país. No me gusta ser paranoico pero todo esto me suena a algún interés de por medio, a querernos guiar en la manera en que votemos. Lamentablemente, somos un país que cree todo lo que la caja idiota llamada televisión y los otros medios nos dicen. Ellos nos dictan cómo pensar y cómo actuar, el cómo vivir y el cómo ser dirigidos e incluso el cómo votar. Son muy pocos los mexicanos que en verdad investigan sobre que van a hacer por su voto, analizan y hacen una racionalización adecuada. Es por esto mis amigos, que les quiero recordar de nuevo las bases y orígenes de la democracia y el cómo anular el voto o el no votar en sí es una manera de callar y de seguir otorgando el poder a esos políticos que pelean por un puesto como hienas con la carroña.
Desde las épocas de Aristóteles se planteó que el poder nace del pueblo, y el mismo pueblo elegirá a uno de ellos como su representante, el cual buscará exponer todos los problemas de esa sociedad y buscará los medios y las maneras para solucionarlos. Lamentablemente, todo esto se corrompió y el ser político se volvió una especie de superhombre, o incluso de otra especie. Uno deja de ser humano y se vuelve político. Es mi humilde opinión que esto pasó por culpa de todos nosotros que los dejamos convertirse en dioses, y al hacer esto dejaron de voltear a vernos. Si un político roba, es porque lo hemos dejado robar. Hemos cosechado las generaciones de políticos que tenemos por olvidarnos de nuestro propio valor. Somos nosotros la democracia, nosotros somos el cambio. Ninguna propuesta electoral actual va a cambiar a menos que no cambiemos nuestra mentalidad y recordemos. Recordemos que nosotros somos la democracia y nosotros somos nuestro país. La solución no está en anular nuestro voto o en ausentarnos pues ahí reside el gran silencio. Mejor alcemos la voz y propongamos, generemos y actuemos. Comencemos a estar en movimiento, y no solo quedarnos sentados viendo la televisión y quejarnos de nuestra situación.
Hasta que no nos demos cuenta de esto, y renovemos nuestra democracia desde las mismas bases, no cambiará nada. Por ahora los líderes políticos nos creen tener como borregos en el corral, dormidos comiendo propuestas con una rica apariencia, pero con ningún valor nutrimental ya que solo nos engordan para luego usarnos a sus expensas. Nadie nos dará el México que queremos si nunca se enteran de qué es lo que los mexicanos exigimos.
Alza la voz, comenta, lee, participa, busca, analiza y vive la democracia. En Cancha Ciudadana te queremos oir.
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miércoles, 17 de junio de 2009
¿Es lo mismo no acudir a votar que anular el voto?
Las campañas a favor de la anulación del voto han marcado el proceso electoral de este año, provocando un gran número de comentarios y análisis al respecto, desde los que consideran que la anulación del voto es un derecho de la ciudadanía que debe tener repercusiones en el sistema de partidos hasta los que señalan que es un atentado contra la naciente democracia en nuestro país.
Al escuchar muchos de estos comentarios, me queda la impresión de que con el propósito de argumentar a favor de su posición particular, muchos han perdido la objetividad, atacando violentamente la opinión contraria. El erróneo y a veces mal intencionado tratamiento de la diferencia entre el abstencionismo electoral y la anulación del voto, y las implicaciones de cada uno, es una muestra de esto.
Independientemente de si se considere útil, acertado o plausible anular un voto, me parece que en toda esta discusión hace falta establecer distinciones, a mi modo de entender, bastante claras. La votación popular como mecanismo para la elección de los representantes públicos es el vehículo establecido legalmente para la participación ciudadana en este tipo de elecciones. Por lo tanto no debe calificarse la anulación del voto en la papeleta electoral como un rechazo a la participación, aunque sí pueda decirse que es una decisión de no influir en el resultado de la elección que arrojaría a los representantes que irían a los diversos cargos públicos. Decir que la anulación del voto es un golpe a la democracia de la misma forma que lo es el abstenerse de votar me parece un error y a veces una mentira intencional.
Lo que habría que preguntarse es cuál es la intención de aquellas personas que piensan anular su voto. Evidentemente no es incidir, en el periodo inmediato, en quiénes ocuparán los cargos públicos en juego, pero no veo por qué no sea legítimo el que sus intenciones estén vinculadas con objetivos en el mediano y largo plazo.
No sé en qué medida un alto porcentaje de anulación del voto podría tener efectos reales con el tiempo en el sistema político y en el sistema de partidos en México, pero me parece claro que los ciudadanos tienen el derecho legítimo a buscarlos por los mecanismos legales que consideren pertinentes. En varios países el voto en blanco tiene consecuencias directas sobre el sistema de partidos, por ejemplo restando financiamiento a los mismos. Ese no es el caso en México, pero la participación ciudadana puede avanzar en dirección a que el sistema político atienda bajo mecanismos más eficaces sus demandas.
Lo que a mi parecer queda claro es que el arraigo que ha tomado este movimiento a favor de la anulación del voto refleja el descontento de una buena parte de la población mexicana con su sistema de partidos y con su clase política. Habría que luchar por que existan los mecanismos para que la ciudadanía esté representada en los órganos públicos y en los sistemas de elección popular.
Con lo que no estoy de acuerdo es con la descalificación de unos y otros a las voces que manifiestan su preocupación por el resultado de las elecciones, por un lado, y a las que ven en esta acción un medio para incidir en una transformación de nuestro sistema de partidos, por el otro. Creo que ambas posturas son respetables y que en ambos campos hay mucha materia para el debate. Me parece que en la medida que discutamos estos temas con mayor respeto hacia las posturas opuestas, avanzaremos en la conformación de una nación más propensa a considerar al otro, lo cual se vería reflejado en la postura de los políticos hacia los ciudadanos.
Al escuchar muchos de estos comentarios, me queda la impresión de que con el propósito de argumentar a favor de su posición particular, muchos han perdido la objetividad, atacando violentamente la opinión contraria. El erróneo y a veces mal intencionado tratamiento de la diferencia entre el abstencionismo electoral y la anulación del voto, y las implicaciones de cada uno, es una muestra de esto.
Independientemente de si se considere útil, acertado o plausible anular un voto, me parece que en toda esta discusión hace falta establecer distinciones, a mi modo de entender, bastante claras. La votación popular como mecanismo para la elección de los representantes públicos es el vehículo establecido legalmente para la participación ciudadana en este tipo de elecciones. Por lo tanto no debe calificarse la anulación del voto en la papeleta electoral como un rechazo a la participación, aunque sí pueda decirse que es una decisión de no influir en el resultado de la elección que arrojaría a los representantes que irían a los diversos cargos públicos. Decir que la anulación del voto es un golpe a la democracia de la misma forma que lo es el abstenerse de votar me parece un error y a veces una mentira intencional.
Lo que habría que preguntarse es cuál es la intención de aquellas personas que piensan anular su voto. Evidentemente no es incidir, en el periodo inmediato, en quiénes ocuparán los cargos públicos en juego, pero no veo por qué no sea legítimo el que sus intenciones estén vinculadas con objetivos en el mediano y largo plazo.
No sé en qué medida un alto porcentaje de anulación del voto podría tener efectos reales con el tiempo en el sistema político y en el sistema de partidos en México, pero me parece claro que los ciudadanos tienen el derecho legítimo a buscarlos por los mecanismos legales que consideren pertinentes. En varios países el voto en blanco tiene consecuencias directas sobre el sistema de partidos, por ejemplo restando financiamiento a los mismos. Ese no es el caso en México, pero la participación ciudadana puede avanzar en dirección a que el sistema político atienda bajo mecanismos más eficaces sus demandas.
Lo que a mi parecer queda claro es que el arraigo que ha tomado este movimiento a favor de la anulación del voto refleja el descontento de una buena parte de la población mexicana con su sistema de partidos y con su clase política. Habría que luchar por que existan los mecanismos para que la ciudadanía esté representada en los órganos públicos y en los sistemas de elección popular.
Con lo que no estoy de acuerdo es con la descalificación de unos y otros a las voces que manifiestan su preocupación por el resultado de las elecciones, por un lado, y a las que ven en esta acción un medio para incidir en una transformación de nuestro sistema de partidos, por el otro. Creo que ambas posturas son respetables y que en ambos campos hay mucha materia para el debate. Me parece que en la medida que discutamos estos temas con mayor respeto hacia las posturas opuestas, avanzaremos en la conformación de una nación más propensa a considerar al otro, lo cual se vería reflejado en la postura de los políticos hacia los ciudadanos.
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miércoles, 3 de junio de 2009
¿La anulación como participación?

La promoción del voto nulo en las próximas elecciones del 5 de julio, parece cobrar fuerza no sólo entre sectores claramente inconformes de la ciudadanía, sino también entre intelectuales e incluso algunos políticos, con una campaña de los llamados “anulistas”, que llegan a la ciudadanía a través de la red.
Partiendo de que el ejercicio del voto es un deber cívico, una responsabilidad ciudadana de todo aquél que se sienta comprometido con el resto de la sociedad, ¿se podría hablar de la anulación como una forma de participación?
Es cierto que es nuestro deber escoger a nuestros representantes, sin embargo ¿qué sucede si ninguna de las opciones que los partidos registrados ofrecen nos parece rescatable? ¿Qué pasa cuando el panorama de la plantilla de candidatos me parece absolutamente desolador? ¿Aún así debo escoger la menos mala de mis opciones?
Bajo el lema de “Para políticos nulos, votos nulos”, los “anulistas” invitan a la ciudadanía a levantar una protesta colectiva por la terrible manera en que hemos visto actuar a nuestra clase política. ¿Será que hemos llegado al punto en que nuestra participación implique la anulación, pidiendo con ello la depuración de la clase gobernante y el sistema político?
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